domingo, 20 de noviembre de 2016

A desheredar tocan




 Quienes felizmente bordeamos los setenta y algo más, tuvimos la fortuna de aprender a conquistar la vida con esfuerzo, y a tener claro que nada llega gratis. Permanecíamos ocupados mucho tiempo porque casi todo estaba por hacerse, porque el café se tostaba y se molía en casa, porque la leña no llegaba automáticamente a la cocina, porque el agua se sacaba del aljibe, y porque crecimos sometidos al reglamento del hogar.

 La moda de niños con guardaespaldas y camioneta blindada vino a ser innovación traqueta. Los de antes aprendimos a callejear a pata, con la estampa del ángel de la guarda metida en el bolsillo,  y con los puños bien apretados para sortear con éxito los tropeles esquineros. En la calle respondíamos por nosotros a trompada limpia, y hartas resultaron las madrugadas en que llegamos con la camisa rota, las manos hinchadas, y algunas veces los ojos colombinos.

 Poco tiempo tuvimos para dormir enguayabados. Mientras más tarde arrimábamos a la cama más temprano nos levantaban a trabajar. Las vacaciones estudiantiles no eran para vagar, sino para cooperar en las actividades hogareñas. Claro que nos volábamos para asistir a las parrandas, esa fue costumbre general porque volarse era más fácil que conseguir permiso, y con frecuencia el sol nos sorprendía en el baile, pero los oficios obligatorios siempre nos esperaban sin rebaja.

 A latigazos y estrujones nos forjaron responsables, y en silencio aprendimos que la oficina de quejas y reclamos permanecía cerrada las veinticuatro horas todos los días del año. El compromiso era rendir en todos los terrenos. El derecho a zapaticos nuevos nos lo ganábamos con buenas notas, a punta de quemar pestañas, y para lograr pinta completa tocaba embarrarse en el corral, enlazar, apartar, vacunar y marcar los terneros.

 El que quería heredar aprendía primero a ordeñar, y a cercar, y a cargar el bulto por una loma arriba, y bajo esas condiciones nos enseñaron a respetar y querer a nuestros padres. Que yo sepa ningún muchacho de mi tiempo terminó traumatizado ni acudió a los tribunales para eludir y burlar la mano dura y el consejo sabio de los mayores, a cambio de resentimientos o complejos tuvimos tiempo para agradecer los correctivos familiares y servir con amor a quienes nos trajeron al mundo.

 Se me ocurre decirlo, no tanto porque los esquemas modernos sean distintos, sino porque los  que nos aplicaron resultaron fructíferos, y porque se justifica revivir el concepto de autoridad paterna, ese que muchos despistados confunden con machismo. Es que esa autoridad la ejercían por igual papá y mamá, y ellas muchas veces eran tanto o más rígidas que ellos, y a ratos los pellizcos femeninos formaban más que los correazos masculinos.

 Si la crianza de infantes se mantiene como va, tiempos llegarán en que los padres necesiten permiso para limpiar los zapatos del menor o para ingresar a conocer las  habitaciones del adolescente, y entonces más hijos complacidos abandonarán a los padres complacientes.

 Por lo pronto suena bien eso de desheredar a los ingratos que abandonen a sus viejos.

Miguel Antonio Velasco Cuevas

Popayán, 20.11.16

sábado, 12 de noviembre de 2016

Oro a la inteligencia

  


 Comenzaba la segunda mitad del siglo XX y Morales estaba más cerca de Cali. Sencillamente el comercio funcionaba mejor con el Valle del Cauca. El Ferrocarril del Pacífico se escabullía por un costado de la imponente tornamesa que servía para girar y cambiar de sentido las espectaculares locomotoras de caldera, en inmediaciones de Suarez, e irrumpía con sus estridencias y vapores por las vueltas de Jelima, o Gelima como figura en algunos textos, con viaducto y túnel incluidos, hasta coronar la cuesta en La Toma. Desde allí a la estación ferroviaria de Morales el viaje se hacía más placentero, el aire fresco de la Planicie de Popayán y los verdes de la vegetación andina reconfortaban al deshidratado viajero que hacía ruta desde Buenaventura hasta Popayán, para aventurarse luego por inciertas trochas que lo llevaran a las cabeceras del torrentoso Amazonas.

 Pero para asomarse a las inmensidades del conocimiento y la cultura, Popayán estaba cerca de todo el país. Al Seminario Conciliar de Popayán, al Liceo de la Universidad del Cauca, y a sus facultades de Ingeniería, y de Jurisprudencia, llegaban jóvenes de todas las regiones patrias. Naturalmente a Popayán viajaban los pocos privilegiados que terminaban la primaria en la vetusta escuela municipal, en los vecindarios de la más hermosa casa que Morales tuvo en toda su historia, la enorme casona de dos plantas en donde don Julio Mera y doña Benilda Velasco compraron oro para prestigiosas firmas inglesas.

 Entre los de los cuarenta hay un coterráneo que vino al Seminario donde conoció los fundamentos de la filosofía y se nutrió de voces griegas y latinas, después terminó el bachillerato en el Liceo, y galardonado por la Academia de la lengua, gracias a su temprano dominio del español, ingresó a la facultad de derecho donde se graduó como abogado con honores. Mis padres,  que fueron sus padrinos de óleo, recordaban completas algunas brillantes frases del discurso y la emocionada consagración que el graduando hizo de su triunfo académico a las gentes comarcanas, mientras rendía emocionado tributo a la memoria de su progenitor, ya fallecido por aquella fecha.

 Gerardo Antonio Mera Velasco, que curiosamente lleva los mismos apellidos de la adinerada pareja compradora de oro, no lo trajo en sus alforjas, simplemente porque sus padres no gozaban de riquezas materiales, en cambió si, de infinitas riquezas espirituales y de enorme reciedumbre moral, que sirvieron para que el hijo se disciplinara en el estudio y se consagrara al servicio de los otros con dedicación quijotesca.

 Don José Quiterio Mera y doña Julia Velasco, respetabilísimas personas que regentaban la botica San Antonio en la calle central del poblado,  con denuedo asumieron la tarea de educar a los hijos, como muy bien lo hicieron con Ana María, Gerardo y Margarita Mera Velasco, quienes cursaron estudios superiores en tiempos difíciles cuando la cima educativa se alcanzaba en quinto de primaria.

 Complacidos mirarán los padres, desde sus regiones metafísicas,  el altísimo reconocimiento que la  Universidad del Cauca hace a Gerardo, cuando le impone la medalla de egresado y profesor eminente.

Miguel Antonio Velasco Cuevas

Popayán, 12.11.16

sábado, 5 de noviembre de 2016

Nobleza obliga




 Análisis especializado merece la conflictiva personalidad del Santos que nos deparó el destino, reído Nobel de Paz que engatusa sin sonrojos, dilapida con entusiasmo e incita sin moderación. Igual examen podría recomendarse para quienes hicieron la premiación,  pues los impensables alborotos en que  se mete el galardonado son indicio de lamentable desacierto.

 Es de sobra conocido el contradictorio comportamiento del candidato presidencial y del gobernante en ejercicio,  que con arrogancia enfermiza no ceja en el empeño de hablar y actuar con incendiaria impertinencia.

 Estrambóticamente lapidarios resultan sus demagógicos compromisos de campaña, que públicamente  ofreció esculpir en piedra, sin que los haya cumplido ni muestre voluntad de cumplirlos.

 La promesa  de no aumentar tarifas que incrementaran el costo vital a muchos colombianos reincidentes en el propósito de hacerlo presidente, arruinados ahora y para siempre por el atropello a la regla fiscal, causante del hueco billonario que dejan las almendras, las mermeladas y muchos manjares en mala hora prodigados, es elemental recordatorio de otras ofertas que enmascararon el negro propósito de amancebarse con dictaduras socialistas de moda.

 Vergüenza causa por estas calendas el infame silencio del ejecutivo colombiano frente a los procedimientos antidemocráticos implementados por la tiranía venezolana, que obstruye el referendo revocatorio, manipula los poderes judicial y electoral, y desconoce a la Asamblea Nacional; indignación y sospecha originan su permanente amenaza de retorno al narcoterrorismo por parte del grupo guerrillero con que negocia en Cuba, mientras voceros insurgentes desmienten semejante retroceso; y desconcierto produce el venenoso estilo con que descalificó, ante Isabel II del Reino Unido y el parlamento inglés, legítimos resultados plebiscitarios en que opositores colombianos obtuvieron votación mayoritaria.

 Lo mínimo que debe hacer un premio Nobel de Paz es respetar a conciudadanos que lo derrotaron en las urnas. Pero nuestro mal perdedor, obnubilado tal vez por los vapores del incensario universal, lejos de asumir tan alta distinción con serena humildad y ejemplar prudencia que otros han mostrado, arroja carbones encendidos sobre un siniestro fogón que no termina de enfriarse.

 Bien sabemos que los mal llamados representantes del no, indiscutibles voceros de seis y medio millones de compatriotas que aprovecharon un espacio democrático para expresarse en negativo monosílabo, no andan en el abyecto empeño de enmarañar lo destacable en el acuerdo derrotado, sino en altruista propósito de rescatar lo bueno, y de introducir ajustes viables y procedentes, para delinear un pacto que aglutine, que no disocie, que construya caminos largamente transitables, a cambio de oscuros y mochos callejones propicios para el asalto a la institucionalidad e imperdonable florecimiento de nuevas confrontaciones.

 Con idéntica buena voluntad demostrada por estas personas,  que contribuyen al diseño de mejor y verdadero entendimiento nacional, deben proceder los negociadores del gobierno, que han de serlo de todos los colombianos, para que ánimo y mensaje conciliadores lleguen a la mesa de La Habana sin condicionamientos ni modificaciones interesadas, y para que no se entienda, como a ratos parece, que el señor Presidente de Colombia y algunos de sus cercanos colaboradores marchan en contravía de lo que el pueblo decidió en las urnas.

Miguel Antonio Velasco Cuevas

Popayán, 05.11.16