"A veces iba a oscuras y a veces sin luz; pero ninguna sin miedo. ... Esta que para mí es desventura, mejor fuera para aventura de mi amigo Don Quijote. Él sí que tuviera estas profundidades y mazmorras por jardines floridos y por palacios de Galiana, y esperara salir de esta oscuridad y estrecheza a algún florido prado; pero yo sin ventura, falto de consejo y menoscabado de ánimo, a cada paso pienso que debajo de los pies de improviso se ha de abrir otra sima más profunda que la otra, que acaba de tragarme." (De las cosas sucedidas a Sancho ... Capítulo LV, Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra).
Pásanle a los colombianos las mismas desgracias, e idénticos pensamientos acuden a sus seseras, hoy día del idioma, cuando la suerte de la patria va por iguales abismos que los recorrido por Sancho.
sábado, 23 de abril de 2016
domingo, 17 de abril de 2016
Urbe caótica
Puedo repetir lo repetido, pero creo necesario
hacerlo. El caos de Popayán no lo causaron solamente los desplazamientos
originados por diversas violencias, ni el notable incremento del parque
automotor, ni la baja recaudación de impuestos, ni la pobreza de la región, que
suelen ser excusas para disimular ineptidudes.
El caos también se debe a imprevisión y
negligencia de gobernantes de todas las pelambres, carentes de imaginación y de
olfato futurista para entender que las poblaciones crecen, y que necesitan
soluciones anticipadas para sortear complicaciones generadas por el desarrollo
urbanístico. Y a funcionarios corruptos que distraen recursos públicos para
satisfacerle compromisos individuales a la clientela, y a quienes los
financian, mientras lo de interés
colectivo se deja sin resolver.
A dirigentes sociales, a burócratas y a sus mayúsculas
roscas, no se les ocurrió pensar que el pueblo
evolucionaría a ciudad, y que la ciudad necesitaría vías rápidas e
interconexiones fluidas; que el centro histórico y los complejos administrativos
que alberga necesitarían accesos despejados y facilidades de evacuación; que
los sectores hospitalarios requerirían corredores peatonales transitables,
calzadas vehiculares amplias, y
generosas zonas de parqueo; que el transporte colectivo público debe servir
para acercar pero no para llegar hasta la puerta de destino.
Y, claro, no tuvieron agudeza conceptual para organizar
la ciudad que se vino encima sin
planeación, sin regulación, sin estrategias de control, sin disciplina social y
sin sentido de pertenencia.
Puntos críticos como la glorieta de Bolívar
ecuestre, glorieta de El Paso, e intersección de Campanario no ofrecen mínima
seguridad para los caminantes, allí se obstaculizan
las cebras peatonales para recoger y dejar pasajeros del transporte público. En
eso lugares frágiles transeúntes asumen riesgos mortales para cruzar.
Mediante apertura de nuevas vías se puede disolver
el despiporre. Los gobernantes de turno, alcalde y gobernador, el gobierno
central, con mediación de esos imperturbables congresistas que dizque nos
representan, deben convocar a expertos, arquitectos e ingenieros de buena escuela
y comprobada honorabilidad, que los hay, para que propongan soluciones técnicas
de rápida realización.
Porque las calles panamericana y sexta seguirán
deficientes, ya antes sugerí romper el tapón de la carrera once entre calles
cuarta y quinta. Las edificaciones que allí estorban no tienen valor histórico
ni arquitectónico, mientras su demolición sí daría vida a una calle de doble
sentido, que conecta el aeropuerto con las salidas al sur, ya sea que se gire hacia
la glorieta de la Chirimía o hacia la Plaza de Toros, por donde pasaba la vieja
carretera a Pasto.
Con celeridad se debe dotar a Popayán de nuevo
y moderno puente sobre el río Cauca, para que a partir de la glorieta Juan
Pablo II, por el callejón que cruza entre el Comité departamental de cafeteros
y el barrio la Villa, se una la ciudad con el punto más cercano de la variante
occidental. Se aprovecha que en la banda derecha del cauce hay terrenos
abiertos, costosos tal vez, pero no urbanizados, que facilitan tanto el trazado como la adquisición de la
franja requerida para construir esa vía.
Es conveniente empezar a gobernar.
Miguel
Antonio Velasco Cuevas
Popayán,
17.04.16
sábado, 9 de abril de 2016
Las cosas son como son
No es necesario quebrarse la cabeza. Un Congreso
al que periódicamente llegan algunos personajillos que no debieran llegar, y al
que regularmente aspiran vivarachos negociantes de oscura reputación, que
además llegan porque los electores no les revisan el historial ni les exigen
certificado de buena conducta social, no puede producir noticias distintas de
las que lógicamente produce. No se le pueden pedir peras al olmo.
Emergen entonces las necesarias consecuencias,
y pasa lo que tiene que pasar cuando, a las personas que ejercen el derecho a sufragar,
se les recomienda que no voten por candidatos de esos que no tienen frenos
morales y sí muchas agallas patrimoniales; porque durante las campañas gastan astronómicas
sumas que, en cabales condiciones de honradez, no se recuperan con la
remuneración de los cargos que obtienen para sí y para sus socios; pero los
electores no atienden o no entienden el consejo, y con mayor devoción se
precipitan a votar por indeseables o por candidatos que estos financian.
De una clase política corrupta, que se sabe
corrupta y se ufana de serlo, no pueden esperarse gestos ni hechos deslindados de la corrupción.
El círculo vicioso se cierra automáticamente cuando los jefes políticos regionales
promueven candidaturas de elementos con quienes, después, concurren a ejecutar dolosas acciones de
diversa naturaleza, que suelen quedar impunes, y para cuya funcionalidad estructuran
impenetrables grupos de poder familiar que reparten migajas secundarias mientras se apropian del pastel principal.
Definitivamente es cierto que el pueblo
alimenta cuervos para que le saquen los ojos. Dirigentes de todos los niveles y
todos los colores, en la completa
geografía nacional, ni siquiera cambian el discurso promesero de las décadas
idas. Con el mismo cuento, con el mismo baboso caramelo de siempre, les vuelven
a endulzar las fauces a los mismos tragones de siempre, para que estos recorran
la senda recorrida y levanten los respaldos que perpetúan la infamia.
Que Rojas Morera Luis, el hijo verbilocuente de
Morera Magdalena, ambos empleados del Congreso y alzafuelles incondicionales del
congresista García Alexander, resulte capturado mientras transporta en lujoso Toyota
oficial miserables seiscientos quince millones de pesos que no se sabe de dónde
vienen ni para dónde van, no es más que la puntita de un pequeño escándalo que
naturalmente puede crecer, y debe crecer, para que los electores colombianos
comiencen a dimensionar la enorme responsabilidad incorporada en el derecho a
sufragar.
Los antisociales disponen a su manera de los bienes
del Congreso, que son bienes de todos los colombianos, porque mañosamente logran
que el pueblo les ayude a penetrar esos espacios, y en consecuencia, a nombre
de ciudadanos engañados, de una sociedad timada que les ha confiado delicados encargos, van en coche, como coloquialmente se
dice, haciendo y moviendo sus fortunas personales mientras abiertamente
delinquen con el patrimonio público.
Para reducir peso y volumen de consabidas caletas
servirán los billetes de cienmil pesos que el inepto vulgo nunca acariciará, y
algún indecoroso aporte –no muy altruista-,
aguardan las sociedades sonámbulas que privilegiados personajes
públicos mantienen listas en la fraterna Panamá.
Miguel
Antonio Velasco Cuevas
Popayán,
09.04.16
domingo, 3 de abril de 2016
Harari, lecciones para el futuro
Millones de años después de la gran explosión,
con el alzamiento del homo sapiens en algún lugar del continente africano, comenzaron
a gestarse las leyes positivas, una interminable sucesión de mandas multiformes
y variopintas, sesgadas además, que se imponen por fuerza de la razón o del
acero, por cuya virtud y para su vigencia casi todo vale.
La inagotable cajita de sorpresas que ofrece el
leguleyo mundo, paradójicamente impide que florezcan duraderos esquemas de convivencia. Vamos por
allí, a tientas, en hechura de caminos nada seguros. Cinco o diez siglos de
acatamiento a ordenes establecidos no
son ninguna garantía de que estatutos legales, descubrimientos científicos, y acelerados
avances tecnológicos, continúen tan humanísticamente bonachones como hasta
ahora parece, ni de que el genero humano madrugue mañana a disfrutar de la relativa
paz con que hoy piensa ir a dormir.
El conocimiento de la historia, del pasado
como dicen, puede contribuir a optimizar el futuro de la humanidad, pero
también a sumirla en el fracaso. Depende todo del talante de quienes ilustradamente conquisten el poder, y
de la utilización que ellos hagan del principio de autoridad.
En tiempos de profundas dudas y dolorosas frustraciones,
de altruistas esperanzas pero de inconfesables
ambiciones, vale la pena dejarse llevar de la mano por quienes tienen la virtud de olfatear el rastro de lejanos y
recientes sucesos y, por lo mismo, agudeza mental y rectitud de conciencia
necesarias para mostrarnos el bosquejo de cosas que pueden acontecer en el cercano porvenir, o
que ya ocurren sin que nos demos cuenta.
No siempre estará el palo para cucharas, ni
porque se le busque la comba, y la prudencia aconseja cautelas porque de
trampas y espejismos no estamos curados.
Mediante esplendoroso relato de lo que fuimos
y somos; con verdadera sapiencia que sólo confiere el análisis serio y sosegado
de la realidad, con magistral creatividad y maravillosas explosiones de buen
humor, sin que falten las salidas sarcásticas ni escalofriantes premoniciones
que ojalá nunca se cumplan; por los vericuetos de la evolución genética y la investigación
científica, de hallazgos antropológicos y de complejas proyecciones
macroeconómicas, pero por sobre todo con la claridad analítica que el don de
filosofar les otorga a quienes se aventuran en las cumbres del conocimiento,
Yubal Noah Harari, un joven historiador a quien ya cité en reciente comentario,
dice y advierte lo que seguramente nos espera.
Indigna admitir que a fuerza de realidades
imaginadas, de cuentos chinos, de relatos fantásticos, las pequeñas élites de
todos los tiempos logran imponer asfixiantes cargas tributarias a millones de súbditos,
y que la mayoría de redes de cooperación existentes en el mundo, organizaciones
gubernamentales y no gubernamentales, están establecidas más para oprimir y
explotar que para ayudar y dignificar a comunidades desprotegidas y
necesitadas.
El crudo verbo de Harari puede resultar
irreverente, pero nos anima a los ajustes espirituales que la contemporaneidad
requiere, y a nutrirnos intelectualmente para afrontar las batallas que la
estandarización del ser y el imperio global nos proponen. Unos dioses insatisfechos
e irresponsables, concluye, están al asecho.
Miguel
Antonio Velasco Cuevas
Popayán,
03.04.16
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