sábado, 20 de septiembre de 2014

O sea ...




 Esta muletilla verbal se coló en la diaria conversación popular con la pretenciosa ambición de significar muchas cosas aunque no las signifique. Es por eso que, al ser  y no ser, se adecúa de plano  a los amorfos perfiles de la deteriorada condición sociológica del pueblo, y hasta se usa, conforme a sus actuales e indebidos manejos gramaticales, para interrogar sobre el futuro de Colombia.

 Se utiliza por todos y para todo aunque no propiamente dentro de su histórica y habitual connotación explicativa. Mejor dicho, no se utiliza bien, y lo que se hace con ella es embutirla en las pláticas habituales para derivar de ella provechos insospechados.

 Constituye una especie de vicio conversatorio, se usa para iniciar y para concluir, para pausar, para responder e interrogar, para ampliar y para resumir, para silenciar al interlocutor y para animarlo a no callar, en fin, es muletilla que deambula en el lenguaje contemporáneo sin la personalidad idiomática que tuvo en el pasado, y que irrumpe en las charlas sociales y en las disertaciones cultas con traicionera apariencia de corrección.

 Sí, se coló en el lenguaje usual, merodea en él  y quizá se va a quedar aunque no sirva para lo que debiera servir, justamente porque puede servir para muchas otras cosas, menos para explicar algo.

 En ocasiones, cuando la divagación oratoria se extiende, suele ocurrir que los dialogantes usan el giro verbal para significar que aún les falta algo por decir, aunque legítimamente su función debiera ser la de introducir un comentario que compendie rápidamente lo dicho. En otras oportunidades se utiliza como sustituto del habitual adiós de despedida, sin que sea raro oírlo también como saludo en el inicial instante de un encuentro.

 No tardarán los académicos en ocuparse del tema, aunque no para rescatar la consuetudinaria significación explicativa que tradicionalmente tuvo el giro idiomático, sino para conferirle su moderna vocación de sembrar dudas antes que despejarlas, para otorgarle esa nueva ambigua significación que ahora suelen tener algunos gestos y  voces que tradicionalmente significaron algo distinto y concreto.

 En las circunstancias del lenguaje político actual, a sabiendas de que la siembra de dudas puede reemplazar imputaciones directas, bien puede entenderse que lo dicho se dijo para decir lo que se quería decir, aunque también puede entenderse que se dijo para decir otra cosa,  y en tales condiciones los analistas del futuro, a libre interpretación,  podrán darse el gusto de decir que lo dicho no se dijo.

 Oído lo que se oye en el panorama político nacional, con toda naturalidad podría usarse la muletilla de moda sin que nada pase, sin que pasen muchas cosas, para que pasen algunas, o para que definitivamente pasen las que no deben pasar.

 Tanto honorables como indignos, torcidos y rectos, pacifistas y guerreristas, mamertos y fascistas, creyentes e incrédulos, izquierdistas y  derechistas, reformistas y antireformistas,  todos dirán, a todos se les podrá decir, y entre todos se van a decir lo que quieran con la absoluta certeza de que, para ellos,  todo continuará igual.  Para los demás también.  O sea...

Miguel Antonio Velasco Cuevas

Popayán, 20.09.14

sábado, 13 de septiembre de 2014

¿A qué juega Santos?




 Si el sueño de la paz se concretara, buenísimo, a ninguna persona normal se le ocurriría rechazar las bondades de semejante bien espiritual que conduciría a invaluables desarrollos materiales, y a superiores estados de equidad y  justicia. Lo complicado es entender cómo se firma la paz con una contraparte que no la quiere.

 Sería interesante saber qué es lo que el presidente Santos sabe, que nosotros no sabemos, ni los narcoterroristas tampoco. Y de enorme beneficio para el país resultaría que el presidente dijera de dónde le llegan las ocurrencias  que no les llegan ni a los cabecillas, ni a los voceros, ni a las hordas de facinerosos que se reafirman en los propósitos de destruir, traficar  y asesinar.

 Si los avances de los diálogos fueran reales se justificaría el optimismo gubernamental y el pueblo no tendría motivos para pensar en simples truculencias de desinformación, pero las permanentes declaraciones del narcoterrorismo y su constante accionar homicida permiten concluir que el señor Santos negocia en otra mesa o que los de la mesa cubana hacen todo  lo posible para confundirlo.

 De ninguna manera distinta se puede interpretar la evidente contradicción entre la publicidad gubernamental y los inmediatos desmentidos de "Timochenko" y "Márquez", y de sus ignotos  subordinados que dinamitan la infraestructura nacional.

 Si Santos dice que los diálogos de paz están en la recta final, sus contradictores habaneros ripostan que no hay tal recta y queman varias tractomulas;  si el uno anuncia que ya viene el silenciamiento de los fusiles, los otros informan que ese vocabulario no encaja en sus costumbres y matan varios policías; cuando el primero se atreve a decir que los acuerdos van por buen camino, los segundo rechazan el marco para la paz y la justicia transicional, y la entrega de armas.

 ¿A qué aspiran los herederos de "Tirofijo"? ... ¿Cuál es la verdad sobre el prolongado conversatorio habanero? ... ¿Cuánto vale, en qué consiste y desde cuándo se contrajo la deuda que Santos no le ha podido pagar a los narcoterroristas? ... y como dicen los propios bandidos: ¿A qué juega Santos? ... Porque lo cierto es que les puso el país en bandeja, les facilitó desplazamientos que la sociedad colombiana no comparte y no acepta, les otorgó extensas zonas para que sigan delinquiendo, aún a riesgo de comprometer la integridad de las líneas fronterizas y buena parte del territorio nacional, tiene frenados los operativos militares en regiones turbulentas como las selvas del Pacífico, y ha consentido que le manejen los tiempos y los términos de la "negociación" como si los legítimos fueran ellos.

Semejantes ventajas, que no las merecen y que han convertido en mecanismo de burla, son suficientes para que se le ponga plazo al recreo. El futuro de Colombia no puede hipotecarse en garantía de convenios secretos que la sociedad no ha suscrito. La sospechosa dilación de conversaciones agota la paciencia nacional, máxime cuando las   noticias  oficiales se desmoronan bajo la advertencia mafiosa de que la charla sólo va en el cincuenta por ciento de lo pensado.

Miguel Antonio Velasco Cuevas

Popayán, 13.09.14

domingo, 7 de septiembre de 2014

Las minorías




 Muy bien se vende la idea de que frágiles minorías subsisten bajo graves amenazas de poderosas mayorías.

 Constantemente se envían  mensajes de que aquellas sobreviven entre exclusiones y fobias que pretenden exterminarlas, aunque cada día es más evidente que aprendieron a  valerse de su aparente debilidad para marcar las pautas del comportamiento social, y soterradamente  buscan imponer su estilo a unas mayorías de las que sólo pareciera conservarse el nombre.

 Lo que en verdad sucede es que esas diferentes minorías se enquistaron desde antiguo  en los recovecos del poder y construyeron adentro su fortificación, acrecentaron sus espacios y casi logran trocar la ecuación. Por eso parece que hoy por hoy las mayorías fueran ellas: las minorías.

 Por fortuna, milagrosamente se mantienen unas características imprescriptibles de preservación de la especie,  invulnerables sellos genéticos, ineluctables rótulos reproductivos del ser humano, ciertas marcas biológicas que siempre permitirán diferenciar a las mayorías de las minorías, aunque a ratos, entre imposibles vocaciones andróginas, algunas señas se tornen imperceptibles y poco parezcan significar.

 Bajo nebuloso influjo de múltiples indefiniciones se han desvanecido las batallas de identidad, y  quienes ejercían relativo liderazgo en los espacios del ser, del hacer y del saber, han retrocedido ante sugestivas costumbres que pervierten la esencia de lo lógico, lo estético  y lo natural.

 Históricamente engañosas apariencias han influenciado el comportamiento global, y el vertiginoso impulso de las modas siempre ha querido impedir que lo que debe ser sea, en muchas etapas de la humanidad se ha estilado ser lo que ciertos usos imponen, casi con la intensión de preterir el deber ser.

 Al mundo de hoy le dan vuelta las minorías, y de contera intentan  imponer  su filosofía de parrilleros, en la que a la gente le proponen darse la vuelta para asarse bien.

 Afortunadamente quedan importantes reductos de personas que se resisten a dar tan indecorosos volantines,  y prefieren quedarse como están y como son, preservar su  género original,  que es lo que la sabia naturaleza diseñó y enseña.

Las prácticas homosexuales no se pueden evitar ni prohibir, ni causan inhabilidades para ejercer la política, pero las parejas homosexuales, que son una consecuencia del carácter homosexual y del ejercicio del derecho constitucional al libre desarrollo de la personalidad, no deben ni pueden escudarse en su camaleónica condición para, unas veces ser familia que exige derechos, y otras veces no serlo para eludir obligaciones.

 No se puede negar que griegos y romanos fueron campeones en homosexualidad y política,  por lo que generosamente podría entenderse que nuestra clase dirigente encuentra justificable inspiración en esos imperios del libertinaje, que también lo fueron de la corrupción.

 De Julio Cesar, genio de la guerra, se dijo que era marido de todas las mujeres y mujer de todos los maridos, aunque realmente fueron sus virtudes de conquistador y gobernante, mas no su ambigua sexualidad, las que le abrieron espacio en la historia de la humanidad.

 Ojalá que los imitadores criollos, en el olimpo de sus gustos, ganen espacios como voceros del bien común y no como soberbios defensores de lucros e intereses individuales.

Miguel Antonio Velasco Cuevas

Popayán, 07.09.14

sábado, 30 de agosto de 2014

Exorcismo nacional




 Algunos comentaristas se especializan en presumir y aparentar su condición de pacíficos y tolerantes, pero tan vanos  y postizos resultan  sus  teatrales esfuerzos, que irremisiblemente terminan incursos en los mismos o peores gestos y comportamientos agresivos que pretenden reprobar.

 La reciente andanada de matoneo nacional originada en el trino de la Representante María Fernanda Cabal, frente a la odontológica pose de Ángela Giraldo, una apuesta contratista gubernamental que imprudentes cámaras fotográficas registraron durante su feliz arribo a la Habana, ha dado suficiente materia prima, tanto para censurar la trama implementada por el gobierno durante la escogencia de víctimas que asistieron al inocuo encuentro con sus victimarios, como para masacrar virtualmente a la autora del trino.

 Aparte de la indebida manipulación oficial,  y de las espontáneas expresiones anímicas de los viajeros que morbosamente sirvieron para  alimentar la polémica, lo que más sorprende son los rudos terminachos  utilizados para calificar a la señora Cabal y repudiar su trino, puesto que dentro de semejante debate no resultan tan pacíficos, inofensivos ni altruistas como debieran serlo, cuando justamente se escriben y pronuncian por supuestos defensores de la sana convivencia.

 Reescribir los feos insultos proferidos contra la legisladora sería lo mismo que volverla a insultar, victimizarla de nuevo como suelen decir los especialistas en matoneo, y sumarse así  al grupo de quienes han recurrido a injuriosa palabrería para criticar lo que consideran injurioso.

 Queda el tema a disposición de los expertos en violencia y acoso virtual, para que como estudiosos de la perturbada psique colectiva, expliquen las razones por las cuales se reclaman títulos de pacífica tolerancia, mientras verbalmente se tritura a la contraparte.

 Similar tarea se debe adelantar frente al pintoresco Andrés Sepúlveda, quien merece detallada valoración psiquiátrica, porque no muestran mucho equilibrio mental las estrambóticas  habilidades con que se adereza al responder el cuestionario de la Revista Semana, precisamente cuando la Fiscalía se dispone a premiarlo con forzada aplicación del principio de oportunidad.

 El fantasmagórico personaje podrá confundir a unos pocos,  pero seguramente no tiene tantas alas, ni tanto caletre como para ser capaz de gestionar, al unísono, todas las maniobras que, según sus dichos, le habrían encomendado ciertos sectores políticos en conjunto, algunas individualidades de la vida política en particular,  y respetabilísimas instituciones nacionales que,  a ojos vistas,  ni requieren ni encargan tan bajos servicios.

 Se resquebraja la versión de Sepúlveda cuando él mismo se presenta como estratega y conocedor de la parte militar, la parte política y la parte de inteligencia pergeñadas para reventar las conversaciones habaneras.

 Y cuando sostiene que tenía acceso directo a los organismos de inteligencia del Estado, que era receptor de información que le suministraba la Dirección Nacional de Inteligencia,  y que además hizo  intercambios de información con esa entidad, deja al descubierto una enfermiza megalomanía que lo hace considerarse absolutamente competente para oficiar como asesor de todos en todo. James Bond le quedó chiquito.

 La algarabía armada en torno a estos suceso muestra la necesidad de someter el alma nacional a riguroso exorcismo para sacarle el instinto autodestructivo que la corroe.

Miguel Antonio Velasco Cuevas

Popayán, 30.08.14