domingo, 19 de enero de 2014

El beneficio de la duda



Todo proceso electoral presenta interrogantes que debe resolver el elector.

Quienes hacen proselitismo regularmente prometen lo que no se les solicita, lo innecesario, lo fatuo,  y sobre cadenas de montajes publicitarios diseñan y resuelven el futuro de los demás.

La masa sedienta y ambiciosa, huérfana de principios y valores, difusa y confusa marcha a la zaga de quien mejor pague los votos. Y los profesionales del balcón acuden a sus más refinadas piruetas para atraer y sumar.

Si nos preguntamos sobre la necesidad y efectividad del sufragio, sobre el peso específico del voto popular, sobre la incidencia de la voluntad ciudadana en la solución de profundos conflictos nacionales  y sobre la importancia que el establecimiento reconoce a las inquietudes de los electores convocados a comicios, ya tenemos suficientes razones para el desvelo.

Es probable que amanezcamos sin respuestas y que la catarata de ocurrencias incremente exponencialmente el mar de dudas.

Históricamente, por lo menos en Colombia, el discurso demagógico no cambia. Lo mismo da escuchar a la izquierda que a la derecha. Todos por igual se comprometen a lo mismo, mejorar las condiciones vitales, incrementar la inversión social, a elevar los índices de productividad, a saldar la deuda social de las clases dominantes con los sectores oprimidos, a impulsar las reformas indispensables para eliminar las desigualdades, a empoderar a los débiles, y a todas las bellezas semánticas que nuestra riqueza idiomática permite.

Pero los eternos asuntos fundamentales, las angustias esenciales de personas y comunidades, las falencias funcionales del sistema, las tropelías administrativas, las extravagancias de las élites en todas las ramas del poder público, las perversiones en el manejo y destinación del tesoro público, las investigaciones criminales que penden sobre la conducta política de modorros paquidermos uncidos al régimen, pasan de agache.

La ausencia de valor civil para la denuncia, la falta de carácter para el impulso de la averiguación, la carencia de integridad moral para el ejercicio de las competencias y la debilidad para la imposición del castigo se tornan innombrables en campaña electoral. Es como si un pacto secreto demarcara los terrenos vedados en el debate.

A los capitanes de la reivindicación social se les borra la información reciente y remota sobre las indelicadezas de sus más cercanos colaboradores, a los promotores de las candidaturas se les olvidan los latrocinios de sus candidatos, a los más oscuros exponentes de las corporaciones se les cuelgan medallas, a los vampiros del erario se les otorgan condecoraciones, a los depredadores de la riqueza nacional se les rinden homenajes y a las amaestradas huestes partidistas se les dice que hay que salir a defender la civilidad y las instituciones.

Sube el desconcierto ciudadano, crece el descontento popular, se alborota el cuchicheo en los pasillos de la burocracia, se hacen llamados a la reconciliación y al perdón, a la tolerancia  y a la solidaridad, se trastorna el significado de las palabras, se acomoda el perfil, se dora la píldora, se disimula el descalabro, y se monta la traición.

Oscuro amanecer sigue a la noche.


Miguel Antonio Velasco Cuevas

Popayán, 19. 01.14

sábado, 11 de enero de 2014

Queremos otro cantar



 A quienes conservamos la creencia de que las leyes se hicieron para aplicarlas y cumplirlas en igualdad de condiciones, sin prebendas ni distingos, nos resulta sorprendente que Guillermo Enrique Torres Cuéter haya cambiado tan graciosamente de condición, al supuestamente salir del calabozo que merece para integrarse a la mesa habanera como negociador.

 Claro que el gobierno Santos, desde el primer día, mostró especiales afectos por los facinerosos que durante años han azotado con sus actos terroristas campos y ciudades colombianas, pero este es un paso mas complejo e incomprensible, porque implica redimir al vencido, o lo que es lo mismo, revivir al enemigo.

 De los otros negociadores por lo menos puede decirse que tuvieron la astucia indispensable para evitar la captura,  o hicieron los torcidos necesarios  para  que no se les capturara, y en eso los bandidos son expertos, pero en el caso de Torres  la situación es distinta, porque se supone que estaba capturado y solicitado en extradición para responder ante las autoridades colombianas por gravísimas acusaciones criminales como extorsión, homicidio agravado, secuestro y desaparición forzada, lesiones personales, reclutamiento ilícito de menores, narcotráfico y desplazamiento forzado con fines terroristas.

 Tales cargos demuestran que no es muy romántico el tal "Cantante", ni mucho menos respetuoso intérprete de lo derechos humanos.

 Curioso además que un elemento criminal de tan peligrosa índole abandone territorio venezolano  suscribiendo nota de gratitud por la solidaridad que allí se le ha brindado, y entone brindis con  espirituoso fermento que le ha hecho llegar su hermano Alí, muy seguramente Alí Rodríguez, ficha clave del oprobioso socialismo del siglo XXI que oprime a Venezuela.  A la larga queda duda sobre si ciertamente el camarada "Julián Conrado" estaba preso o simplemente gozaba de la protección de Maduro y sus compinches.

 La nueva pantomima circense no se aleja mucho de otra pirueta internacionalista, de esas que el madurismo y el santismo conjugan, en la que un delincuente vinculado a las andanzas narcotraficantes de la guerrilla colombiana, conocedor como ninguno de los negocios de esa guerrilla con el finado Chávez y de los trueques con armas y con coca, el tristemente recordado Walid Makled, en lugar de ser juzgado por la justicia colombiana como correspondía, terminó irregularmente extraditado, técnicamente entregado mediante oscura negociación a la tiranía chavista, de la que muy bien conoce reconditeces y entresijos.

 Es esta otra oportunidad para insistir en que los colombianos opositores del método Santos no somos enemigos de la paz, no rechazamos la implementación de mecanismos dignos y transparentes que conduzcan a ella, como ciudadanos de bien anhelamos el fortalecimiento de la justicia social y la implantación de una democracia representativa que interprete  los sueños de libertad, equidad y solidaridad,  pero no compartimos la impunidad,  el arrodillamiento, la humillación, el apocamiento de nuestras instituciones frente a una pandilla asesina que, desde Cuba, al amparo de inmerecida inmunidad,  prosigue al mando de hordas delincuenciales que extorsionan y destruyen poblaciones, asesinan civiles y militares, reclutan menores, desplazan campesinos,  procesan y trafican coca, mientras posan como redentores del pueblo que diariamente masacran.

Miguel Antonio Velasco Cuevas

Popayán, 11.01. 14

sábado, 28 de diciembre de 2013

Popayán en sueños



 Asomado a la ventana del  tiempo constato que el futuro me amenaza con sus dedos homicidas, puesto en guardia me atrinchero en la rala guarida de mis libros compañeros y entre sorbos de cafeína voy a las divagaciones finales del año que se apaga, mi café se agota con la noche y el alba me sorprende releyendo viejos escritos y soñando a Popayán así:

 La urbe entera debe transformarse  en espacio amable, en lugar feliz, en destino prometedor y  deseado, necesitamos convertir su centro viejo en una joya destellante y caminable.

 Los lugares de interés histórico son ejes de inquietud intelectual, focos de aprendizaje, anclajes de  contenido ceremonial, símbolos del pasado que la modernidad interroga para descifrar mensajes,  desentrañar significados, descubrir  e interpretar las claves del conocimiento.

 Popayán necesita construir sedes administrativas modernas por fuera del sector histórico, ojalá edificaciones que concentren oficinas nacionales, departamentales y municipales articuladas con la red de servicios bancarios. En el POT se deben reservar extensas zonas periféricas para esos fines y tanto la Asamblea como el Concejo deben apropiar partidas para adquirir  los terrenos.

 Hay que construir la variante oriental que desvíe desde el puente del rio Palacé y   cruce por Clarete hacia el sector del penal de San Isidro, para buscar la panamericana a la altura de Los Robles en la vía a Timbío. El tráfico vehicular  del futuro, desde el  oriente colombiano hacia Buenaventura y Tumaco,  exige pensar en esa obra.

 Curadores urbanos y  jefes de planeación municipal, como garantes de que Popayán  crezca estética y armónicamente, deben exigir a los urbanizadores la implementación de ductos subterráneos que recojan la invasiva telaraña de conexiones callejeras con que afean el paisaje los proveedores de electricidad y comunicaciones.

 En materia de transformación urbanística no existen campos vedados, la creatividad hace parte del desarrollo humano y la imaginación es motor que  genera progreso.

 La extensa  zona urbana negativamente afectada por la galería del barrio Bolívar, que  perjudica sectores de la salud, la educación y la cultura, merece oportuno rescate. Se debe erradicar ese mercado convertido en botadero a cielo abierto que arruina la inundada ribera del río Molino.

 Los puentes del Humilladero, tesoros arquitectónicos incrustados en el centro histórico, deben transformarse en accesos peatonales hacia una gran zona verde, que abarque el Parque Mosquera, la galería y la plazoleta Carlos Albán. Todo ese sector arborizado, surcado  por amplios bulevares que conecten la vieja ciudad con los conjuntos habitacionales modernos,  insinuados ya sobre las colinas aledañas a la antigua vía férrea, y con el complejo hospitalario de la Estancia, debe ser proyecto que inquiete a los arquitectos paisajistas y diseñadores de la futura Popayán.

 Se necesita rescatar el sentido cívico, la ciudadanía debe buscar soluciones que la inepta burocracia no ofrece. Una asociación cívica debiera encargarse de gestionar ante entidades públicas y privadas, nacionales e internacionales, ayudas técnicas, asesorías especializadas, aportes financieros y auditorías respetables, que entren a diseñar y planificar, ejecutar y controlar el desarrollo de esas obras necesarias para enfrentar el colapso vial que hoy sufrimos.

Miguel Antonio Velasco Cuevas

Popayán, diciembre de 2013

sábado, 21 de diciembre de 2013

Popayán



 Aproximarse a Popayán por lo que de ella se ha dicho al paso de los tiempos, intentar recordarla así, entre bosquejos, bajo desvanecidos rasgos de pincel que  amenazan abandonar el lienzo que los contiene, puede ser ejercicio romántico y artístico, maroma leal, peripecia histórica, tierna gesta de afectos que busca disimular el calamitoso rastro de heridas hondamente esculpidas en la tersa piel de los siglos.

 Quienes conocieron a Popayán o vivieron allí, los que estuvieron inmersos en la certidumbre de una estampa tejida de balcones y geranios en flor, surcada por rectilíneos empedrados y musgosos serpentines que escalaban hasta el pedestal en que se levanta la cruz de la colina, presenciaron la escena de nunca repetir.

 Lo que  ahora queda no es Popayán, perdura el nombre sí, porque la inercia del vocablo resulta incontenible y porque las voces del tiempo parecen arder en el espacio con la misma decadente luminosidad de las estrellas apagadas. Se atisba el resplandor sin que la estrella exista, y en fantasía se troca el destello fugaz de lo que ya no es.

 Se murió el lento andar  por eternos corredores de piedra labrada y el cruce de saludos con impecables señores de leontina y gabán, fenecieron las alegrías y las arritmias provocadas por esas colegialas de mejillas ardientes y las sospechosas prisas para acudir a la misa dominical con la ciega esperanza de verlas desfilar, se agotó el horizonte de techumbres estampadas por el fuego de chispas y  cenizas volcánicas,  se desmoronaron portones y portales, desaparecieron los  enjambres de violetas en las goteras de los aleros, se acabaron los almendros en los jardines y las huertas  tupidas  de nísperos e hinojo.

 A compraventas de antigüedades se trasladaron los aldabones,  los brocales de  los aljibes, las piedras de moler, los arcones, los armarios y las ventanas.

 Los fogones longitudinales y los hornos de semiesférica reciedumbre que inundaban de ambrosía los vecindarios ya no esparcen las aromas de las guayabas en cocción ni de las harinas aliñadas.

 Se enmudecieron para siempre las torres de los templos, las campanas  ya no tañen, ni se desnudan los guayacanes ni  los tulipanes florecen, los andenes se transmutaron en peligrosos toboganes cuando no en parqueaderos, la muchachada ignora el significado de los bronces, y las placas no corresponden a los artesanales quehaceres  de las callejas.

 Los puentes, los históricos puentes son la letrina pública mas extensa de todo el Continente, el atracadero,  la olla, el quemadero abierto de marihuanas y bazucos, la pasarela mortífera de mezclas enajenantes, el centro empresarial de actividades degradantes, el desfile procaz de perversiones insultantes.

 Parques y plazoletas sucumbieron bajo el asedio de improvisados ventorrillos, y las heces de los locos acribillan diariamente las esquinas del sector histórico.

 En todo el perímetro urbano las calzadas vehiculares se ahogaron bajo el fango de la imprevisión y de las corruptelas agenciadas por voraces inquilinos de las más blancas edificaciones que circundan la Plaza de Caldas.

 El mágico esplendor de la que pudo ser una joya turística duerme su sueño infinito entre los pergaminos del pasado.

Miguel Antonio Velasco Cuevas

Popayán, 21.12.13