jueves, 3 de febrero de 2011

El Cauca y Córdoba departamentos hermanos.

Es inexplicable el silencio de la representación política del Cauca, Senadores y Representantes, frente al palpable desmoronamiento de la seguridad que por varios años permitió regresar a los campos y disfrutar sus bondades.
Hace meses, no pocos, ha vuelto a sentirse la presión de los grupos delincuenciales contra toda forma de actividad lícita en las áreas rurales.
Quienes tenemos trato y diálogo con campesinos de siempre, con cafeteros tradicionales, con ganaderos, con transportadores, con abastecedores, tenderos, negociantes independientes y hasta con funcionarios públicos que atienden población campesina, miramos con sorpresa que nada se diga por los voceros del pueblo, en pro de soluciones oportunas y de acciones eficaces que impidan el empoderamiento del  crimen en municipios muy cercanos a  Popayán.
Las campañas electorales de todos los partidos  comienzan a despertar sus huestes, a engrasar el aparato estatal para que aparente presencia en donde las necesidades de siempre sólo se atienden en procura del voto; pero ningún partido, ningún directorio, ningún representante de las colectividades viejas y nuevas parece interpretar la calamidad que se cierne sobre el departamento.
Algunos alcaldes, festivos ellos, pretenden desvirtuar la zozobra que muestran sus gobernados diciendo que en sus municipios nada pasa, sin aclarar que ellos, los alcaldes, no permanecen, no viven con las comunidades que los eligieron y errantes andan, en reuniones de todo género, menos en las que interesan a la protección de la paz y la tranquilidad en sus territorios.
Si no lo hacen los obligados a  buscar respuestas ante el gobierno central, ante la fuerza pública, ante los organismos investigadores y  garantes de la estabilidad y la tranquilidad  social,  como la Defensoría del Pueblo y la Procuraduría General de la Nación,  ¿cuál entonces  es el camino que le queda al Cauca para impedir el avance del crimen organizado?
El repudiable asesinato de estudiantes en el departamento de Córdoba, que saca a flote otros episodios de violencia no publicitados antes, pero sí conocidos y lamentados por la sociedad cordobesa, es punto de giro para que la colectividad caucana, unida y abigarrada en torno a sus más preciados intereses, la vida, la paz, la propiedad, enarbole sus banderas solidarias y reclame con presteza la atención necesaria, para que el Estado colombiano ponga trinchera y fije políticas de combate permanente contra bandas armadas, que pretenden controlar territorios y demarcar espacios para el deliberado propósito de incrementar sus cultivos ilícitos y sumir la comarca en la pobreza y el dolor.

Miguel Antonio Velasco Cuevas
Popayán 17 de enero de 2011
(Artículo publicado en "El Liberal" de Popayán -Página Editorial, Columnista Invitado- el 25.01.11)

miércoles, 2 de febrero de 2011

La actividad política es un compromiso en favor de la sociedad.

Con el vertiginoso avance del quehacer político a largo y ancho del territorio patrio   resulta oportuno reflexionar sobre tantas cosas buenas que pueden  hacerse desde los puestos de comando a que muchos aspiran.
Exigencias prioritarias que el conglomerado social debe hacer a líderes viejos y nuevos son buena imagen comunitaria y probada pulcritud en el manejo de recursos ajenos, públicos y privados.
Los tropezones hacen levantar los dedos. Imperdonable perdonar a quienes no lo merecen. Los manidos cuentos del error involuntario y la presunción de buena fe en el actor público que esquilma el tesoro oficial no pueden convertirse en puerta absolutoria para que nos sigan engañando.
Todas las comunidades deben reclamar, como principio fundamental de cualquier propuesta política, la manifestación expresa y pública de luchar contra la corrupción administrativa.
Es deber ciudadano pedir verídica transparencia en la contratación estatal, y que se privilegie el interés de la sociedad frente a particulares intereses económicos de los contratistas. Estos son reclamos inamovibles  que deben mantenerse durante el desarrollo de las campañas y  posteriormente a lo largo de la gestión pública.
La actividad política es un cruce de ideas, un intercambio de propuestas, un análisis conjunto de problemas y soluciones. En la arena pública estamos todos. El pensamiento político no es producto del discurso individual de unos pocos sino la concreción programática de comunidades pensantes que tienen en su mira el bien común y la excelencia individual de todos sus componentes.
La lucha permanente y decidida contra toda forma de criminalidad organizada es la bandera de toda sociedad civilizada.
Esa acción conjunta, ese proceder comunitario, ese pensamiento grupal necesita consolidarse a lo largo del debate abierto para  alcanzar unidad de propósitos entre los  candidatos a  las asambleas y a las gobernaciones, entre los candidatos a los concejos y a las alcaldías.
Y todo debe signarse bajo el compromiso de hacer una profunda depuración del engranaje administrativo a nivel nacional, departamental y municipal, para eliminar camarillas corruptas y garantizar el ideal  básico de llevar justicia social a todos los colombianos.
Todos estamos obligados a jugar limpio. La autoridad moral para reclamar equidad  nace de nuestro compromiso personal en defensa de toda la sociedad.

Miguel Antonio Velasco Cuevas
Popayán 02.02.11

sábado, 29 de enero de 2011

La obstrucción de los concejos, el miedo de los alcaldes y la coyuntura electoral.

El común denominador de las relaciones políticas en los municipios colombianos durante este año será la obstrucción de los concejales a los alcaldes que no les marchen en el sostenimiento de sus cuotas de poder.

Para nadie es secreto que los concejales subsisten electoralmente a cambio de puestos para quienes empujan electores a las urnas. En contrapartida  los alcaldes manejan la gobernabilidad a cambio de vinculaciones contractuales de corta duración para los pupilos de los concejales, a quienes periódicamente les permiten rotar en diferentes oficinas, dependencias, secciones y divisiones administrativas en las que generalmente no existen manuales de funciones, ni responsabilidades laborales preestablecidas, porque justamente ese desorden oficial es necesario al sostenimiento de la corrupción que carcome el nivel municipal en todo el territorio patrio.

El recorrido casual por cualquier alcaldía  -palacios de gobierno les dicen ahora-  es un viaje al interior del desconsuelo. Nadie sabe quién atiende una queja ciudadana para que se respeten los espacios públicos, nadie conoce al nuevo jefe de división, el actual contratista está en un foro, a la secretaria que recibió el escrito de queja ya se le venció el contrato, la oficina está cerrada porque hay un evento en el parque y así sucesivamente hasta el total desfallecimiento del usuario.

En el centro de esa barahúnda fungen unos personajes estelares, con títulos académicos falsos, o sin título alguno, que son la madre del engranaje burocrático, a quienes todo el público reverencia pero sin que se sepa en definitiva para qué sirven. Pregunte el ciudadano qué se hicieron los recursos de la salud, o los fondos de la educación, o las partiditas para el ancianato, o la gasolina de obras públicas y ya verá lo que le contestan, si es que le contestan.

Pues bien, llegados  estos tiempos de recoger votos el asunto se torna más complicado. Los alcaldes, ganosos para la conformación de hegemonías y displicentes frente a las necesidades de la sociedad, rompen relaciones con sus más flojos y tibios ayudantes para fortalecerlas con los útiles sostenedores de sus propósitos. Comienzan entonces el rifirrafe y la componenda. Los concejales amenazan con denuncias, los contratistas prometen demandas, los tinterillos aceptan poderes, los secretarios del despacho defienden sus patrioticos esfuerzos, los porteros exigen cédula y pasaporte para acceder a los pasillos oficiales, los burgomaestres anuncian su renuncia y la administración se paraliza.

Engrasados los ejes de la discordia, conocidos los nombres de los nuevos contratistas, armada la nueva nómina paralela todos vuelven a la normalidad, es decir sigue el desbarajuste, se redobla la corruptela, se intensifica la manguala y ellos marchan unidos hacia el triunfo final. El triunfo de los corruptos, porque la sociedad lo pierde todo, hasta el coraje para denunciar y llamar las cosas por su nombre.

Lo cierto es que los alcaldes nunca definen las plantas de personal, ni asignan funciones y responsabilidades porque pierden maniobrabilidad, un alcalde que no pueda satisfacer ambiciones burocráticas, que no pueda firmar contratos leoninos hasta el de último minuto de su mandato no es nadie. Lamentablemente la mejor manera de despilfarrar los presupuestos a sus anchas es esa, no tener una estructura administrativa pensada para servir a la sociedad en general sino armada para engordar las tulas de los empresarios del voto.

Si le preguntan a un exalcalde por los malos  resultados de su gestión siempre dirá que las fuerzas oscuras de la politiquería le obstaculizaron sus proyectos, pero nunca tendrá el carácter suficiente para decirle a sus conciudadanos que la corrupción se tomó el edificio público. Siempre tendrá miedo de perder sus posibilidades de escalar en el turbulento imperio del desfalco.

Miguel Antonio Velasco Cuevas
Cali, 29.01.11

martes, 25 de enero de 2011

La trama de las encuestas, la técnica del insulto y la práctica del arrastre.

Los tiempos preelectorales se prestan para manipular, desorientar y pervertir.

Incautos, quienes buscan una oportunidad sobre la tierra, acuden a reuniones, asambleas, manifestaciones de toda índole esperando encontrar en alguna parte la voz solidaria, el ofrecimiento preciso, y hasta el aporte material para adelantar o concluir alguna actividad muy personal.

No son tiempos de dejarse engañar. Muchas veces, casi todas, la voz, el ofrecimiento o el aporte no son nobles. Los cazadores de electores están atentos a las pequeñas necesidades de los humildes para satisfacer las descomunales ambiciones de los poderosos.

La trama se estructura sobre el favoritismo  derivado de las encuestas en altísimos porcentajes amañadas, sobre el insulto vulgar a la personalidad o falencias del adversario, y en el repudiable mecanismo de hacer valer la pertenencia a un grupo, a un movimiento, a una tertulia en  que comúnmente se comparte la amistad, pero no necesariamente la incondicionalidad.


La fortaleza de la democracia y de los mecanismos de participación ciudadana se consolida en los momentos de selección y apoyo a lo mejor de la sociedad. En materia política, a la hora de escoger, es primordial desentenderse de las fugaces ataduras que a lo largo del tiempo generan el trato frecuente, el saludo cotidiano, la palabra aduladora y el beso falso.


Aquí en Colombia  el debate electoral que ahora prende máquinas va más allá de elegir gobernadores y alcaldes.  El trasfondo de las próximas elecciones, lo sustancial de ellas, es poner las bases estructurales de poder para definir, desde ahora, cuál será la fuerza social, la tendencia filosófica, la opinión nacional que guiará el país hacia la elección del Presidente de la República que reemplace al actual mandatario.


En política todos los tiempos son breves y todos los espacios son estrechos. La pasividad, la indiferencia, el aislamiento y el silencio no son los mejores comportamientos del individuo como parte integral de una sociedad multiforme y polícroma. Tampoco la sumisión a viejas estructuras de poder.


Se necesita acción, participación crítica, aporte ideológico, análisis racional de las duras realidades que a diario enfrentamos y la más pura de todas las conductas: la lucha indeclinable para derrotar la corrupción, el crimen y las desigualdades, para devolverle a Colombia su más genuina calidad, su condición de patria justa.


Miguel Antonio Velasco Cuevas
Popayán, 25.01.11