domingo, 15 de mayo de 2016

Farcotiradores




 Como tales se clasifica a ciertos sujetos delincuentes, ocasionalmente dialogantes en La Habana, que con telescópica presición disparan y hacen diana en el objetivo, generalmente humildes soldados colombianos a los que irremediablemente les parten la cabeza, el corazón o  los pulmones.

 Se trata de consuetudinarios transgresores de la regulación imperante en nuestro Estado de Derecho,  detractores permanentes del andamiaje orgánico legal, habituales promotores de menosprecio y desacato a esta deshilachada  pero sobreviviente construcción jurídica  que hace siglos se erigió como República, y de sistemáticos verdugos que han acribillado a millones de civiles colombianos porque no compartieron sus inclinaciones ni sus métodos.

  En estos últimos días, como por obra y gracia del Espíritu Santo -al que no reverencian-, amanecieron esos farcotiradores insuflados de potestad constituyente.

 Esos mismos, en dolosa contradicción con sus procaces ambiciones, aupados por entreguista camarilla palaciega, falsamente se postulan como adalides del orden institucional que no comparten. Entre melifluas incoherencias leguleyas lo que intentan es  desplomar  una superestructura organizativa y funcional que con sus hechos desconocen diariamente.

 Eso es lo que ellos quieren, pero nosotros, los que no pertenecemos a la siniestra banda  de homicidas fusileros, y que tampoco le disparamos a la blanca paloma de la paz como predica el régimen, los que inermes resistimos, fieles a nuestras puras  convicciones esencialmente libertarias y civilistas, necesitamos impedir la demolición de nuestra legitimidad institucional dignamente defendida a precio de sangre durante muchas generaciones.

 Las mayorías populares inexcusablemente comprometidas con un destino nacional libre y auténticamente democrático, tenemos en nuestras manos limpias el riesgoso pero irrenunciable compromiso de impedir el golpe de Estado que la minoritaria izquierda internacional, derrotada en los vecindarios, está gestando contra Colombia.     

 No podemos permitir que nefastos insubordinados,  exhibidos como ejemplares defensores de derechos humanos mediante oprobioso disimulo de su sanguinario historial,  lleguen, con sus costumbres criminales  y sectaria militancia pandillera, a torcer los caminos de progreso nacional, anclados estos  en el respeto a la propiedad privada de los bienes de producción, en la libertad de empresa, en la férrea defensa de la familia como institución fundante del orden social, y en la plena vigencia de valores morales y espirituales que los violentos nunca respetan.

 No dejaremos que se autoproclamen redentores  del pueblo mientras reclutan infantes, desplazan de sus territorios a comunidades ancestrales, se lucran de la extorsión y del secuestro, trafican con narcóticos, y asesinan inocentes.

 La vagabunda complacencia y obscenos acomodamientos de Santos frente a indecorosos requerimientos del narcoterrorismo, es flagrante traición que ningún ciudadano colombiano debe consentir, menos ahora cuando los “Papeles de Panamá” implican en concurso delictual por enriquecimiento ilícito, lavado de activos y evasión tributaria a encumbrados defensores de los acuerdos especiales, ficticios o simulados tratados de paz a los que el Estado colombiano concurre igualado con una sucia pandilla de facinerosos, a quienes impúdicamente se libera de responsabilidades jurídicas por el agotamiento de crímenes atroces.

 Lo que pretenden es imponernos una dictadura mafiosa, orquestada mediante chueca manipulación del derecho internacional, y someter los poderes legislativo y judicial al ominoso control de un ejecutivo omnímodo y corrupto.

Miguel Antonio Velasco Cuevas

Popayán, 14.05.16

sábado, 7 de mayo de 2016

Morales en alerta




 Ante emergencia ambiental denunciada por el alcalde de Morales, consistente en voluminosos hundimientos y desplome de laderas, que a esta fecha están sin cuantificarse y dimensionarse desde lo técnico, y que requiere no sólo vacías solidaridades verbales del Estado, es necesario convocar el acompañamiento inmediato de los organismos regionales y nacionales de socorro,  cuya reacción en este evento se nota tardía, para que asuman las responsabilidades de sus competencias en cuanto a efectivo auxilio y oportuna protección  de comunidades en riesgo.

 Son múltiples deslizamientos reportados por angustiados pobladores en extensa zona rural y áreas peligrosamente próximas a la cabecera municipal.

 De hecho sería irresponsable, sin que exista mapa  actualizado con posterioridad a derrumbamientos últimamente sucedidos, hacer predicciones periodísticas que generen pánico e incrementen migración  de pobladores campesinos hacia el núcleo urbano y hacia la capital departamental, pero no sobra llamar la atención de la red nacional de entidades vinculadas al análisis y prevención de catástrofes naturales, para que procedan a diagnosticar científicamente lo que allí ocurre  y contribuyan a evitar, o por lo menos menguar las consecuencias trágicas de un complejo fenómeno telúrico que pueda afectar estructuras escolares, de salud, habitacionales, agropecuarias, e incluso generar irreparable pérdida de vidas humanas.

 Inesperadas modificaciones topográficas de los suelos del Cauca, como las que hoy ocurren en Morales, región incrustada en latitudes volcánicas plenamente activas, exigen seria observación y vigilancia tanto por parte de los grupos humanos asentados en esas   zonas deleznables, como por parte de los Ministerios de Minas y Ambiente, entidades estatales que en armónica cooperación con organismos geofísicos y vulcanológicos,  y la CRC, deben desplegar  urgentes actividades preventivas y paliativas, antes de que sea tarde.

 El lamentable hundimiento de Gramalote en Norte de Santander, lo ocurrido en La Sierra al sur del Cauca, y muchos otros acontecimientos geológicos de dolorosa memoria nacional permiten lanzar una alerta temprana y  hacer prudente petición de auxilio, ahora, cuando el invierno apenas comienza, y en clara consideración a que el municipio de Morales no registra antecedentes históricos de alteraciones físicas como las que se presentan en esta última temporada lluviosa.

 Triste, muy triste sería que a la población autóctona, bonachona y pacífica por naturaleza,   largamente victimizada por grupos armados irregulares de todas las pelambres, asediada por foráneos cultivadores de plantas ilegales que abandonaron otros municipios y se asentaron en esa región próxima a las costas del Pacífico caucano,  y criminalmente la  trasformaron en estratégico corredor para el tráfico de sustancias estupefacientes, también le toque afrontar y sufrir, en absoluta soledad, el inexorable desquite de la irrefrenable natura.

 Ya es tiempo de reclamar positiva presencia del Estado, no simplemente dentro de una situación coyuntural que de no atenderse con prontitud puede resultar ruinosa, sino para que al municipio de Morales y a sus aguantadores habitantes se les reconozca el indeclinable compromiso con ancestrales costumbres de trabajo agropecuario lícito, aún en medio de las peores agresiones delincuenciales, y de sensible lejanía por parte de quienes se aparecen a buscar votos pero no retribuyen la elección con obras civiles de beneficio colectivo.

Miguel Antonio Velasco Cuevas

Popayán, 07.05.16

domingo, 1 de mayo de 2016

Golpe a la vista




 Este país no es serio ni  para sacudirse, mucho menos para autoestimarse y erguirse. Las élites eternas, presentes ellas en todos los niveles y esferas del poder,  usurpan, legislan y reforman a su antojo, porque la estólida clientela domesticada disimula y consiente revolcadas y burlas.

 Esto tradicionalmente funciona en torno a los mismos ejes de interés, los mismos grupos, las mismas familias y la mismas personas, y es por eso que a la larga nada pasa.

 Aquí, como en el clásico Gatopardo de Lampedusa, todo cambia para que todo siga igual.   

 Leer noticias de prensa, ver u oír televisión o radio, vivir y sufrir la diaria vergüenza nacional,  es como sentarse a remirar la misma película intermitentemente proyectada, sólo que en cada ciclo la presentan remasterizada, con refinados colores y  sonidos, pero con idénticos acres olores y pútridos mensajes del siglo pasado, y con la misma sorna y similar cinismo del antepasado.

 A los mismos actores de siempre los vuelven a mostrar con resplandecientes maquillajes de moda, mientras en los asquerosos camerinos de los productores cohabitan y se perpetúan antihigiénicos enlaces genéticos, y se engendran similares  bastardías para interpretar los sainetes del futuro.

 A la gente le vendieron una idea de paz que resulta incompatible con nefastos usos y costumbres de quienes se sentaron a pactarla, y para colmo de colmos la dieron por hecha sin siquiera convenirla.

 Hace meses, casi años, en las fantásticas pantallas del imaginario colectivo se pasa la premier del postconflicto, y al degradar en ella –en la película- los sublimes conceptos del perdón y la reconciliación, nos arrastran sin pudor hacia los malolientes vertederos de la impunidad y la connivencia con el crimen.

 Como por artes de magia, sin anestesia nos inoculan el virus del olvido.

 Aquí ya nadie piensa en las condenas irredentas que la tarda justicia logró proferir pero nunca imponer. Los peores criminales de nuestra historia reciente se dan por indultados mientras las víctimas de sus fechorías vociferan sin eco ante un régimen que las opaca y las niega.

 Los fusiles de las mafias narcopolíticas, en manos de francotiradores, insertan sus metálicos argumentos en el propio corazón del pueblo que pone el pecho en cordilleras y selvas, dizque para salvaguardar la soberanía nacional, mientras infames voceros del gobierno, con el propio presidente a la cabeza, agachan las orejas, omiten el reclamo y desestiman la denuncia homicida.

 El Ministro de Defensa es peor que convidado de piedra ante el sanguinario proceder del bandidaje que campea en históricos espacios guerrilleros, y la melancólica reacción de la Fiscalía General de la Nación deja incólumes extorsión y secuestro, con canjes incluidos y con persistente pago de vacunas y rescates.

 Por si algo faltara, a instancia del corsario Montealegre,  la Corte Constitucional se apresta a escuchar en audiencia, como si de virtuosos ciudadanos se tratara, a la dinámica bandola delincuencial de alias Timochenko, ya muy pronto transformada en deslumbrante faro de verdad y en ejemplar modelo de comportamiento social.

 El artificioso plebiscito prometido intentan trocarlo por un golpe de pluma jurisprudencial.

Miguel Antonio Velasco Cuevas

Popayán, 01.05.16