sábado, 24 de agosto de 2013

El buen adiós





“El tango es un pensamiento triste que se baila”
Enrique Santos Discépolo


Sereno anhelo salir de mis letargos,
tal vez inerte , confuso o distraído,
silente suelo beber  tragos amargos,
desiertos cruzo feliz a pasos largos,
como la sal a las olas voy prendido.

Entre las algas y espumas sostenido,
velero soñador, navío de encargos,
por garfios de pasiones voy herido,
raudo me acerco al puerto indefinido,
la luz final me quema con sus dardos.

A la ruleta me jugué y cobré peldaños,
en los deleites se saciaron mis sentidos,
por consejeros  busqué a los ermitaños,
nunca marché al compás de los rebaños,
los vinos que encontré quedan bebidos.

Miguel Antonio Velasco Cuevas
Popayán, agosto 24 de 2013

lunes, 19 de agosto de 2013

La encrucijada




 Claro que la paz y la felicidad son riquezas espirituales de incalculable valor y es cierto que la gran mayoría de los hombres suspiramos por disfrutarlas, pero como son conceptos ideales, ajenos a la forma material, no se obtienen por mandamiento legal ni mediante orden judicial  o administrativa, mucho menos por contrato entre bandos contendientes.

 Para decirlo bien,  si es que culminan satisfactoriamente, al finalizar los diálogos de La Habana sólo podría afirmarse que se lograron razonables puntos de entendimiento, conforme al ordenamiento constitucional vigente,  o  que se pactaron compromisos para aclimatar la convivencia dentro de ese marco legal superior, mediante impulso de reformas que incorporen algunas figuras legales necesarias para que el pacto subsista, pero siempre acatando las formas y mecanismos preexistentes para modificar las instituciones.

 Admitir algo distinto sería consentir el derrumbamiento del Estado de derecho que  nos rige,  y  depositar los valores ciudadanos y los intereses nacionales en manos de unos pocos bandidos que, por las vía del terror y el crimen, han pretendido apropiarse de la función legislativa y del gobierno.

 Por supuesto que no es fácil llegar a estadios de plena armonía. La disparidad de intereses económicos, de conceptos teóricos sobre el ejercicio del poder,  y  la tentación de imponer determinadas tendencias ideológicas, introducen tensiones permanentes que demandan conciliaciones oportunas y respuestas concretas no siempre realizables a corto plazo.

 De ahí que sea imprudencia y engaño presentar los acercamientos como logros y hacerle creer a la gente que sólo faltan las firmas de los negociadores para que la paz aparezca. Igualmente es calentura hablar de postconflicto cuando ni siquiera se vislumbra un cese el fuego o una tregua que deje imaginar verdaderos propósitos de finalizar el enfrentamiento  armado, o de intentar transformaciones políticas sin acudir  a la amenaza y al gesto violento.

 El bombardeo incesante contra civiles y  militares, como lo confirman actuales ataques en Arauca y Cauca, donde se rumora acaban de asesinar  un oficial durante tiroteo a helicóptero militar, y en Tolima donde incineraron un transporte público; la continuidad en el procesamiento de narcóticos por parte de frentes guerrilleros en todo el territorio nacional; la persistencia en el secuestro;  y el permanente traficar de armas y explosivos en zonas hostigadas por fuerzas irregulares, son señales inequívoca de que la guerra será larga.

 Para el pueblo colombiano es preferible que Santos sea sincero y realista,  que descienda de las esferas metafísicas y reconozca la encrucijada en que se encuentra, de la que sólo podrá salir suspendiendo el sainete cubano, para dedicarse a solucionar las angustias físicas de millones de agricultores colombianos arruinados por el bajo precio de sus cosechas y el alto costo de los insumos necesarios para producir comida; que asuma con hombría la defensa del mar territorial  usurpado por el gobierno de Nicaragua; que  recupere el orden institucional manifiestamente pervertido al interior del país; y que no endulce la píldora hablando de una utópica  etapa de postconflicto mientras los enemigos del pueblo fortalecen sus finanzas y redoblan las incursiones contra poblaciones alejadas, olvidadas y empobrecidas.

Miguel Antonio Velasco Cuevas
Popayán, agosto de 2013

sábado, 10 de agosto de 2013

El tiro por la culata




La babosada de Santos al buscar premios de paz, dándole ventajas a los violentos, comienza a mostrar funestas consecuencias.

Desde cuando se conocieron los coqueteos con los verdugos, amplios sectores de opinión le han dicho al país nacional que esos diálogos no conducen a nada porque negocios con bandidos son negocios torcidos.

A pesar de ello el Presidente y  sus incondicionales repiten a diario que todo va por buen camino. Pero las afirmaciones de Granda, sobre la posibilidad de prolongar las conversaciones con otro que no sea Santos y en medio del conflicto, reflejan otra cosa.

Los últimos pronunciamientos del bandidaje acampado en La Habana, armonizados con el comportamiento criminal que sus cuadrillas desarrollan en Colombia, permiten conocer las intenciones del grupo narcoterrorista.

Lamentablemente el Presidente no quiere enterarse del cinismo que caracteriza a la contraparte, ni de la desaprobación de esa ciudadanía que lo eligió para sepultar al enemigo agónico, no  para revitalizarlo, como se demuestra que ha sucedido, puesto que las nuevas audacias son propias de un bandidaje recuperado que goza de cabal salud.

Ofensivo resulta que los autores del secuestro de un ciudadano norteamericano, al que tienen en su poder y con quien quieren montar otro espectáculo falsamente humanitario,  califiquen como acto irresponsable y criminal la intensión estatal de rescatarlo mediante legítimo operativo militar.

Peor resulta el panorama si se recuerda que esos secuestradores se niegan a reconocer y pedir perdón a sus víctimas; insisten en no cumplir las condenas privativas de la libertad que en derecho se les impongan o se les han impuesto; mantienen arrogante actitud legislativa que persigue demoler  las instituciones democráticas desde su cómoda estadía en Cuba; y anuncian su voluntad de ensangrentar la campaña electoral que se avecina.

Ninguna otra lectura puede hacerse al mensaje conocido el pasado 8 de agosto en donde manifiestan su interés de esperar que  “el pueblo como soberano se pronuncie sobre quiénes van a ser sus gobernantes y ahí miramos cómo negociamos”. Y agregan que, si uno de sus cabecillas cae en combate “¿qué pasaría con el proceso si las Farc también hacen una acción militar dura?”

Advierten, en relación con el anuncio gubernamental sobre una reunión del Presidente con Timochenko, que  “aún no se ha tomado una decisión al respecto”.

Puntualizan que los diálogos en medio del combate “no son un proceso de sometimiento a la institucionalidad vigente”,  que  -error imperdonable de Santos-  “el reconocimiento de responsabilidad por el conflicto le quita legitimidad al Estado para ser juez”,  y que los marcos de justicia transicional “los imponen los ganadores a los perdedores”.

Como quien dice:  estamos más crudos de lo que se creía.  Porque si no aceptan el marco jurídico para la paz, pretenden reformar la justicia, y crear una comisión de bolsillo que reescriba la historia del conflicto y establezca quienes son las víctimas del mismo, pues sencillamente nos encontramos en un escenario  nacional confuso, donde los diálogos  indefinidamente prolongados y el status de guerra sostenida, convirtieron la “paz” de Santos en un tiro por la culata.

Miguel Antonio Velasco Cuevas
Popayán, 10.08.13

domingo, 4 de agosto de 2013

Ciencia política avanzada




 Por allá en 1513 Nicolás de Maquiavelo instruía sobre las formas de conservar el poder en Estados heredados o en los conquistados por  fuerza de las armas.

 En esa fuente de saber han bebido quienes mandan,  y harto han aprendido porque no solo han heredado, conquistado y mantenido el poder, sino que han refinado los procedimientos para exprimir bolsillos ajenos y llenar los propios.

 A los 500 años, he leído en “El Confidencial” que respetables profesores de política en la Universidad de Nueva York, con fundamento en estudios sobre la forma en que mandan los que hoy mandan, publican “El manual del dictador”, casi la nueva versión de “El príncipe”.

 Los profesores Bruce Bueno de Mezquita y Alastair Smith resaltan que buena política, conforme se estila, es la mala conducta, y que a cambio de conocimientos y costumbres sobre el bien común lo que interesa es saber cómo funcionan las cosas para llegar al poder, mantenerse en él y hacerse al control del dinero.

 Más que preocuparse por los desprotegidos, los líderes de ahora mantienen  contentos a los que manejan los votos, y mucho mejor si son pocos, aunque se necesita manejar actualizada la lista de reemplazos para sustituir inmediatamente a quien no funcione conforme a las ordenes del jefe.

 Una de las claves esenciales es manejar directamente, sin delegados, el mecanismo de recompensas, porque es prioritario empobrecer a muchos y mantener ricos a unos pocos.  

 Claro que se debe pagar la lealtad, pero no más allá de lo estrictamente necesario, porque siempre se necesita el grupo domesticado que mantenga al capataz en la cúspide, y no se debe olvidar que los seguidores regularmente quieren ser jefes, luego lo prudente es mantenerlos controlados.

 La esencia del poder radica en pagarle a los seguidores, pero no muy bien, puesto que mientras menos tengan mucho menores serán las posibilidades de derrocar a  quien los domina. Al grupo de combate hay que darle lo que necesite para comer y trabajar pero ninguna facilidad para estudiar y prosperar.

 Para asegurar el poder no se debe contar demasiado con quienes contribuyeron al triunfo, porque es definitivo mantener a raya la competencia. Queda establecido que contar con gente competente es un peligro, y como lo que interesa es controlar todo y mantenerse en la cima, los leales sirven mejor a ese propósito, pero no los capaces.

 La única virtud que debe tener un seguidor es ser leal e incondicional, y en ese terreno se desempeñan bien los familiares, los amigos de confianza y los servidores ambiciosos.

 No pagar buenos salarios es primordial para potenciar la corrupción. El corrupto busca ser leal porque siempre piensa en ganar y si pierde el puesto deja de ganar.

 Además lo aconsejable es denunciar a quien destapa las malas prácticas administrativas y no a quien incurre en ellas.

 Lo revelador de semejante investigación sobre el ejercicio actual del poder es que tales técnicas las aplican tanto dictadores como demócratas, porque quienes llegan al poder quieren mantenerse en él,  y todos son iguales.

Miguel Antonio Velasco Cuevas
Popayán, agosto 3 de 2013

domingo, 28 de julio de 2013

Humillante repliegue




 Hubo en Colombia en la primera década del siglo XXI unos ciertos fulgores de orden  y tranquilidad, fundamentados en la política seria, laboriosa y coherente del doctor Álvaro Uribe Vélez,  gobernante que con temperamental firmeza solucionaba elementales urgencias de comunidades históricamente abandonadas, o combatía brutales embestidas del narcoterrorismo  y rechazaba mandobles de un vecindario confabulado con la criminalidad internacional.

 Fue  clara temporada de optimismo y tiempo de florecimiento empresarial, época  de verídica seguridad en muchas carreteras y  regiones antiguamente castigadas por la violencia y la anarquía, breve espacio de esperanza para la convivencia nacional.

 Pero llegó el relevo y fenecieron las ilusiones. En pocas semanas esas inocultables conquistas sucumbieron entre una mezcolanza de desgobierno y  complicidad con el enemigo, el orden público retrocedió y la vida cotidiana resultó entorpecida por el resurgimiento de grotescas alteraciones que el presidente Santos ha consentido.

 Al ritmo de unos diálogos mañosos regresaron los incendiarios a los caminos, y dinamiteros profesionales conculcan derechos inalienables de poblaciones pacíficas que  estupefactas y acobardadas sufren el reblandecimiento de las instituciones.

 Las gentes del agro, sencillamente porque carecen de esa perniciosa capacidad dañina desplegada por sus verdugos,  entre el temor y la resignación soló aciertan a refugiarse en sus parcelas a esperar las ordenes conminatorias, las boletas extorsivas o el plomazo letal.

 En los campos del departamento del Cauca es así,  como en los del país entero,  allí las victimas silentes, sin protección estatal, soportan atropellos contra sus convicciones personales y valores ancestrales.

 Es bajo la  presión ejercida por los nuevos ricos de la coca y el oro que esos campesinos participan en costosas movilizaciones, y exponen su integridad en la vanguardia de unas batallas campales aupadas por los patrones del crimen.

 La crisis de autoridad del Presidente de la República y sus ministros ha permitido que los delincuentes mantengan posiciones violentamente conquistadas, en extensos territorios rurales, donde mandan como amos e implantan modernas variantes de esclavitud.

 Entre tanto, con ínfulas de legisladores, los cínicos autores intelectuales de tantos desenfrenos engolosinan los tímpanos de la alta burocracia estatal, ajena siempre a las  adversidades del pueblo,  y deliberadamente prolongan esas charlas  que a nada bueno conducen mientras tácticamente se escudan en ellas para intensificar la confrontación.

 Los  aleves asesinato de soldados y policías, el expolio permanente a pequeños tenderos y transportadores, los bombazos a puentes y oleoductos, el incalificable ofrecimiento de armas y pertrechos a la turba alzada en la estratégica frontera venezolana, la exigencia de atomizar la integridad territorial colombiana mediante la proliferación de zonas de reserva campesina, el interés expreso de conservar sus cultivos ilícitos, las denominadas limpiezas de sapos, o más concretamente la eliminación física de  campesinos que se oponen al cultivo de marihuana, coca y amapola, el reclutamiento forzado de menores,  más la amenaza permanente de aniquilar con armas no convencionales las áreas urbanas donde acampa la fuerza pública, son la pócima mortífera que diariamente nos bebemos por cuenta de un gobernante embustero que se robó el mandato para volvernos a poner a merced de los violentos.

Miguel Antonio Velasco Cuevas
Popayán, julio 25 de 2013